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jueves, 11 de septiembre de 2008

Dublín

Este alargado fin de semana pasado he estado ausente del mundo web, de viaje, conociendo Dublín y sus alrededores con un grupo de amigos.

Ha sido un viaje muy entretenido, muy activo, de esos paseados a alto ritmo para no dejar de ver nada. Aunque en esta ocasión no hemos pasado por museos o iglesias, que siempre te llevan unas horas de actividad de las cuales no disponíamos.

Como ya hice con mi viaje a Berlín del año pasado, no voy a redactar un post exhaustivo interpretando la experiencia. Prefiero dejarlo en el aire con una pequeña enumeración de unos pocos de los lugares visitados y unas cuantas fotos. Pero si os interesa cualquier cosa en particular, preguntadla en un comentario y os cuento. Igualmente, si os interesa alguna foto de las que expongo, decídmelo (son murales creados para el blog y colgados en Picassa, pero las imágenes las tengo cada una por separado y si queréis algo más concreto de algún sitio de Dublín o de los alrededores comentados en el post, igual también tengo algo). Si queréis verlas ampliadas, pulsad sobre ellas, que os llevará al álbum, y allí se pueden ver mejor.

Así, de Dublín recuerdo sobre todo el barrio de Temple Bar, monumento a los pubs donde los haya, el castillo, las catedrales de Christ Church y de St. Patrick, la pequeña pero interesante iglesia de St. Audeon, el parque de Merrion. El Trinity College, la aguja de O'Connell, la factoría de Guinness en St. James Street, con su espectacular mirador, descubrir donde habitó Oscar Wilde, el Rio Liffey y sus puentes, la curiosa oficina de turismo... Me gustaron sus calles peatonales en la zona de Temple, la zona de tiendas de Grafton Street y el centro comercial de St. Stephen y su precioso parque homónimo al lado. Y sobre todo, me gustó la gente. No especialmente por las mujeres irlandesas (posiblemente las mujeres más guapas que vi en el viaje fueron españolas, Dublín estaba invadido de españoles estos días), pero en general todos los dublineses exhibían un buen rollo que mejoraba la experiencia de la ciudad.



De fuera de Dublín, visitamos Malahide con su precioso castillo y su idílico entorno, el precioso pueblo de Howth con su puerto y sus vistas y, en otra excursión, el parque natural de Wicklow Mountains, con su pueblo monástico de Glendalough y sus tumbas, sus lagos y su valle glacial, los alrededores superpijos de Powerscourt (aunque llegamos tarde para entrar a sus jardines) y toda una ruta rural que nos llevó sin querer hasta el cementerio alemán de Enniskerry y acabó desembocando en el pueblo playero de Bray.




Además merece la pena destacar que vivimos en Dublín el día del partido final de la liga irlandesa de Hurling, un precioso deporte que auna la fuerza y diversión de los deportes de equipo y pelota con la precisión y técnica de los de raqueta. Al parecer Waterford y Kilkenny (hijos de puta, mataron a Kenny) dispensaron un partido memorable con una abultada victoria del último, y fue un verdadero día de fiesta para toda la ciudad. Era increíble ver a todos los aficionados con la camiseta de su equipo, mezclados sin problemas en trenes, autobuses y tranvías, los coches con sus banderitas saliendo de las ventanillas y la pasión de la celebración posteriormente en el Temple Bar (el original, el que da nombre al barrio). Una gran experiencia, ¿algún interesado en componer el primer equipo español de Hurling?...

jueves, 31 de julio de 2008

Nacionalismos y tecnofobias...

Hará cosa de unos seis o siete años, yo jugaba en un equipo de dardos con algunos de mis amigos. Como todos los equipos, teníamos como base un bar, que nos patrocinaba y actuaba como anfitrión para los partidos de casa. Y como todos los bares, éste tenía un dueño...


El dueño en cuestión, un tipo bastante interesante en algunos aspectos y bastante pesado en otros, pertenecía a una estirpe que hoy en día se ve poco; era nacional-catolicista. Y no es que fuese un romántico de Franco de esos que vivieron su juventud y sus mejores años durante su dictado, no; este era un tipo joven, como 5 o 6 años mayor que yo, bastante leído (por lo menos de lo suyo) y con aficiones a veces tan cercanas a mí que era difícil no tenerle cierto aprecio. No es que fuese como un amigo de toda la vida, pero obviando la política y la religión, era bastante entrañable.

Recuerdo una conversación que mantuvimos un día sobre hasta que punto me sentía o no español. Después de tratarnos a mis amigos y a mí durante un tiempo, ya se había percatado de que eramos un grupo en el que nos encantaba hablar de política y que éramos capaces de mantener una discusión razonada y consistente. Así que nos respetaba aunque nuestros planteamientos fuesen diametralmente opuestos (y no pasaba siempre ni con todos los miembros de mi grupo de amigos, pero sí era lo más habitual) .
Pero aquel día, aunque no se atrevió a decírmelo explícitamente, le toque la fibra sensible al proclamar mi poca afinidad nacionalista. Vine a decirle que, teniendo como tengo un apellido claramente extranjero (pese a ser de tipología más española que Alfredo Landa), y habiendo conocido gente de otros países, otras culturas y otras religiones, me resultaba complicado sentirme muy cercano a un español que habitaba a 300 km de distancia, al que no conocía de nada y del que no tenía referencias sobre su calidad humana. Y que, de hecho, a veces me costaba ya no solo sentirme español, sino siquiera madrileño o de un barrio determinado.


No niego afinidades idiomáticas, y un cierto orgullo cuando ganan nuestras selecciones, pero racionalmente, y suelo ser muy racional, no veía (ni veo aun) que un pasado muy remoto tenga que unirme o separarme de un montón de deslocalizados desconocidos del mundo. Y que en cambio una cercanía presente no me convirtiese en compatriota de cualquier persona con quien de verdad tuviese relación, más allá de sus fronteras.


Y este hombre, que no me respondió, me miró con más pena que otra cosa, ofendido seguramente por mi poco respeto a la historia y a mis antepasados (de los cuales bien es cierto que una parte quedarán allá por el estado federal de Hesse, que narices), y a mi poco cariño al rojo de mi sangre.
Hoy tiene un hijo llamado Pelayo...







Cuando entré en la universidad a estudiar biología, y después de un tiempo de tanteo y de coger confianza, me junté con algunos compañeros a los cuales aun hoy veo de vez en cuando. Fueron mi núcleo duro dentro de la facultad y en gran parte crecí con y gracias a ellos.

Coincidimos con los años del comienzo de internet en las aulas y el avance de un montón de tecnologías nuevas que allanaban la experimentación en el campo de la genética y la proteómica, así que acabamos desembarcando todos en un mundo de computadores que hasta entonces apenas manejábamos. En muy poco tiempo, y creedme que yo no llegué a vivirlo plenamente, se pasó de impartir las clases a base de filminas retroproyectadas a dotarlas de cierta vida en presentaciones más o menos avanzadas con Power Points y demás elementos multimedia. Y el tiempo en el que los estudiantes no habían manejado un ordenador en su vida cayó en el olvido más profundo (igual a los más jóvenes les suena a chino, pero os juro que es textual).

El caso es que hace un par de meses, hablando sobre el avance de la tecnología con una de aquellas compañeras (una que trabaja día a día con ordenadores y máquinas que valen más dinero del que ganaré en muchos años) le dije que estoy convencido de que de aquí a diez años el lector de tinta electrónica se habrá extendido como la pólvora, y que rara será la persona que no disponga de uno y lo emplee con frecuencia para leer el periódico o descargarse el último libro de su autor favorito.
Pues he aquí que mi amiga odia todo lo que tenga que ver con la tecnología, se niega a poner un ordenador en su casa y, hoy en día, ni tiene reproductor de mp3 ni intención de adquirir uno. Así que le pareció casi un sacrilegio la idea de prescindir del papel como soporte de lectura. No quiso aceptar la apuesta que yo le ofrecía, pero se conjuró para desdecirme personalmente, y no dejar de leer libros tal y como los conocemos en su vida.
Y aunque le dije directamente que a lo mejor algún día dejaban de fabricarse (lo cual, ciertamente, es improbable), ella me contestó que antes dejaba de leer que depender de un chisme de esos...







Puede que no entendáis porque os cuento estas dos historias aquí juntas, y que os esté pareciendo un post un pelín esquizofrénico. Pero no he encontrado mejor manera de contaros lo que para mí une ambas historias en una sola: la derrota del romanticismo por los avances del ser humano.

Porque romanticismo es el del dueño de aquel bar que entiende que debe algo a un pasado que considera glorioso, y se siente heredero de sus honores.
Y romanticismo es el de mi amiga, que se niega a aceptar que el mundo evoluciona y prefiere que las cosas sigan como están antes de someterse a la dictadura de la tecnología.

Y yo creo que ambos se equivocan.
Creo (confío) en un mundo cada vez más global que nos permita igualar desigualdades y en el que los absurdos nacionalismos desaparezcan para eliminar los odios que nos separan.
Y creo (confío) que la tecnología avanzará, ayudándonos precisamente a conseguir el objetivo anterior, y eliminando algunas de las peligrosas tensiones que hacen que el hombre se ponga en peligro a si mismo al sobreexplotar el medio ambiente.


Pero a la vez, de una forma profunda y difícil de explicar, espero que ambos tengan razón. No en sus sentimientos nacionalistas y respecto a la tecnología, pero si en el hecho de guiarse por lo que sienten.
Porque mucho más allá de la razón seguimos siendo personas que se guían por eso, por lo que dicta el corazón y no la cabeza.
Y no puedo dejar de pensar que ojalá fuésemos todos unos irremediables románticos...

martes, 29 de julio de 2008

Una noche en las carreras.

El Hipódromo de la Zarzuela, en Madrid, es una joya de la arquitectura que pasó unos años de decadencia en los cuales nadie se preocupo del recinto, pero que en los últimos tiempos ha recuperado su uso original y ha ganado algunos otros, convirtiéndose en uno de los locales mas de moda de la noche madrileña.

Desde hace un par de años, voy allí de vez en cuando en las noches de fin de semana veraniegas para tomar algo en un ambiente que, pese a distar solo un par de kilómetros del centro de Madrid, es apreciablemente más fresco. Y el jueves pasado acudí por primera vez a una de sus carreras nocturnas, aprovechando la víspera de festivo y antes de que se interrumpan hasta el próximo septiembre.

La experiencia fue bastante entretenida. Lo cierto es que al comienzo de la noche, en las primeras horas cuando aun estaba medio vacío, las gradas eran de lo más acogedoras, y las carreras resultaban muy divertidas, gritando todos por nuestros favoritos aunque no hubiésemos apostado nada (yo no jugué nada, pero casi todos mis amigos ganaron alguna apuesta... ese Baboso Nov...). Pero ya casi terminada la velada de turf el sitio se llenó de una multitud horrible que acudía para disfrutar del nuevo concepto de terraza de verano en que se ha transformado. Y escapamos veloces de allí, huyendo para evitar aglomeraciones de salida (aunque el atasco de entrada ya estaba formado).


Como local nocturno hay que decir que el ambiente es decididamente pijo. Es fácil descubrir las últimas tendencias de moda entre los trapitos (por cantidad de tela eso es exactamente lo que son) de las jóvenes potrillas que lo pueblan, mientras que entre los chicos se impone una estética de rico-desaliñado-vestido-de-marca de lo más veraniega. Y las consumiciones no son baratas.

Pero resulta agradable para ir con los amigos y crear un microclima propio en el que disfrutar de lo agradable del sitio y deleitarse con algunas vistas.



Posiblemente repita la experiencia del turf el próximo septiembre, antes de que acabe la temporada de verano, otro día menos propicio para las aglomeraciones humanas. Y seguro que repetiré la experiencia terracera como sitio de copas en las próximas semanas. Así que, pese a mis prejuicios, he de reconocer que es un buen lugar este hipódromo...

lunes, 2 de junio de 2008

Largo fin de semana...

Este fin de semana ha estado bastante ocupado, como el resto de la semana. Semana larga, bastante agotadora, no tanto por cuestiones laborales como por las que me dio por hacer después del curro y me dejaban tocado de un día para otro...

Comencé el fin de semana el jueves, como cuando estudiaba biología y casi nunca tenía clase en esos días, que al final siempre acababa saliendo. Por entonces, eran salidas diferentes, a un par de locales que nos gustaban bastante a mis amigos y a mí ("Wild Thing", sobre todo) pero que apenas frecuentábamos el resto del fin de semana. Aprovechábamos sus ofertas de jueves noche, y abaratábamos la semana.
El caso es que el jueves, tras salir del trabajo y realizar una visita muy esperada, me fui de concierto. Un concierto que llevaba algún tiempo esperando, el de la presentación del tercer disco de Ellos. Como es habitual en este tipo de conciertos, siempre compro más de una entrada y al final acabo invitando a alguien (en este caso a una buena amiga que cumplió años justo el miércoles). Cosas de que mis amigos no suelan ser del todo afines a mis gustos, que a veces hay que obligarles.
Os dejó su canción más famosa:



El concierto, en "El Sol", no estuvo mal, aunque no me gustó demasiado la actitud del cantante, Guille Mostaza. Sobre el escenario muy bien, dando espectáculo, que es lo que se le pide, gesticulando en su peculiar amaneramiento, divertido, sobrado. Lo que pasa es que, con el disco recién sacado, pretendía que todos los fans se supieran las canciones, y eso puede resultar excesivo. Y sus peticiones para que la gente estuviese más animada fueron, para mi gusto, un pelín desafortunadas.
Al final acabaron cambiando el orden de las canciones, para darle más presencia a las de sus discos anteriores, que fueron profusamente coreadas, pero eso provocó algo de desconcierto con los bises. Por lo demás, sonaron bien (excepto algún chasquido no achacable al grupo) y respondieron a lo que se esperaba.

El viernes, tras conseguir terminar la jornada laboral (el concierto de Ellos empezó a eso de las 23:45) acabé por ahí, danzando por el "Costello", hasta no demasiado tarde, aunque terminé agotado por el cansancio acumulado. Nada reseñable.

Y el sábado acompañe a un amigo a un concierto que daban otros amigos suyos, un grupo muy novel y todavía desconocido llamado "Doctor Murciélago". Sonaron bien, especialmente por las guitarras y la voz del cantante, más que decente. Un tipo de pop bastante ligero, estilo "Danza Invisible", para hacerse una idea, con muchas versiones para animar a un público que no conoce todavía sus propias canciones. Les falta tablas, manejar el ritmo de un concierto y saber conjuntar una actuación más allá de cantar canciones una detrás de otra, pero tampoco se le puede pedir más a un grupo que acaba de empezar. Prometen, aunque no sea mi estilo predilecto.

Y para terminar la noche, fui al cine a continuar mi máster en películas tontas y comedias románticas. Me tiré a ver "La boda de mi novia", la superpromocionada película de Patrick Dempsey y Michelle Monaghan.
Alguien me había dicho que, por lo que había leído, era como "La boda de mi mejor amigo", pero cambiando los sexos. Algo de eso hay, y también mucho juego de contraste de culturas, algo de "El equipo G" (ya que los amigos de él son algo así, solo que sin ser gays) y, sobre todo, de verdades enquistadas. Porque el hace de una especie de rico vividor, un crápula, que lleva muy a gala decir la verdad, pero que vive ocultándose su dependencia de su amiga. Y la descubre tarde.
La verdad, nada que no se haya visto antes y nada especialmente gracioso (si hubiese tenido algo, hubiese hecho una referencia completa para la película).

Y creo que con eso completo el relato. Porque el domingo lo estoy dejando para el descanso, que mañana vuelve a empezar la semana y todavía queda tiempo para tomarme vacaciones. Toca cama, sofá y poco más, que hay que cargar pilas...

miércoles, 30 de abril de 2008

José Alfredo.

A José Alfredo Jiménez le conocía desde hace tiempo porque es un compositor de rancheras (el más grande para algunos) que le gustaba especialmente a Enrique Urquijo. Y alguien que ha crecido escuchando a Los Secretos y a Los Problemas, necesariamente ha oído alguna versión de sus canciones.

Pero este no es un post sobre música, sino sobre un bar. Un bar muy especial que lleva su nombre y que descubrí gracias a mi amigo Luca, que me llevó hace no mucho mientras esperábamos mesa para cenar en un restaurante cercano y que me pareció una joya especialmente comentable.

El José Alfredo es un bar muy agradable que homenajea al señor Jiménez como el rey de la parranda que fue. Evidentemente, quiere recordar su vena fiestera y divertida, aunque olvida que murió de cirrosis hepática y que quizás ese no sea el mejor nombre para un local que ofrece cócteles alcohólicos como la mayor de sus atracciones. Pero se le perdona la frivolidad porque seguramente se le ha puesto el nombre más con cariño y desconocimiento que con ánimo de recordar su alcoholismo.

Decorado con una estética muy setentera, con cómodos asientos y mesas bajas al fondo y espejos y terciopelo de cardenal en las paredes, es un lugar estupendo para tomarse un buen combinado (San Francisco en mi caso, porque no me ofrecían ningún otro sin alcohol) mientras se conversa ligeramente con los amigos. No es especialmente barato, porque los cócteles nunca lo son, pero resulta un lugar muy confortable, con su buena música a volúmenes de charla, sus asientos acolchados y su luz tenue.
Imagino que se va volviendo incómodo al profundizar en la noche, pues supongo que se llena irremisiblemente según muere el día, pero como sitio para empezar pronto la salida con los amigos resulta perfecto.

Es ante todo acogedor, así que no esperes un local donde emborracharte al ritmo de cualquier música repetitiva. Se encuentra en la calle Silva 22, casi enfrente de la mítica tienda Madrid Comics, y os lo recomiendo a todos seáis o no bebedores, para disfrutar una buena charla alrededor de sus mesas mientras se buscan miradas en sus juegos de espejos.
Un lugar de lo más placentero.

jueves, 10 de enero de 2008

Piano, piano...

La palabra piano viene del italiano, y quiere decir suave.
Pero el sitio más "fuerte" en el que he estado en los últimos tiempos ha sido un piano bar llamado Toni2, del que me apetecía hablar hoy.

Este local es una especie de Karaoke con música en directo, donde, eso sí, la música que se puede cantar está limitada al amplísimo repertorio que recorre desde el cuplé hasta la canción romántica italiana, pasando por la melódica española, los grandes clásicos de los crooners americanos o los éxitos del pop patrio de los años 60 o 70.

Como se puede ver, se trata de una selección poco afín con el tipo de música que más me motiva, de la que he dado algún ejemplo en el blog, pero es que el Toni2 tiene algo especial. La gente se junta alrededor del piano, se solicitan las melodías a los tres pianistas del local y se cantan las canciones en una suerte de armonía conjunta que resulta bastante conmovedora. Es como las charlas de Cine de Barrio, pero alrededor de un piano y sin la necesidad de ver una terrible película, que ya era horrible cuando se rodó, para recordar a un famosillo que habíamos prudentemente olvidado.


Lo conocí durante la despedida de soltero de un buen amigo mío. El grupo de personas que formábamos la comitiva del novio imponíamos una dispar relación de individuos muy poco aclimatados al ambiente del local. Para hacerse una idea, entre los asistentes se encontraban los componentes de un grupo de rock, haciendo gala de su estilo en su vestimenta, más propia sin duda de Sex Pistols que de Los Pecos (camisetas sin mangas, collares de tachuelas, tatuajes y piercings incluidos); algunos miembros de la prensa musical especializada, con una estética decididamente indie; otro miembro de una de las más conocidas redes sociales de internet, vestido como un Beatle de transición entre su época más mod y su época místico-yogi-hippie; mi amigo, exponiendo sus mejores galas poperas; y yo mismo, vestido mucho más parecido a Los Pecos que a Sex Pistol. Nos hicimos fuertes en una zona de sofás que queda a la derecha de la entrada, tomando nuestras consumiciones al ritmo de la música y cantando de vez en cuando las pocas canciones que conocíamos.


Por otro lado, arremolinados alrededor de un piano de cola de unos 5 metros de largo, estaba la clientela habitual, compuesta en su mayoría por personas mayores de 50, con muchas de esas mujeres que combaten su vejez poniéndose kilos de joyas sobre su cuerpo y hombres maduros de los que peinan pocos pelos y muchas canas, indefectiblemente trajeados y encorbatados. Había también algunas mujeres aparentemente jóvenes pero espiritualmente muy viejas, vestidas como a sus madres les gusta vestir, acompañadas de ellas en algunos casos, y rodeadas de los caballeros más solteros de la sala prodigándoles toda clase de atenciones.


Y por último, estaban los empleados del local, rigurosamente uniformados y exquisitamente atentos a la clientela, y los propios pianistas, que se paseaban en sus descansos repartiendo saludos, sabiéndose los dueños de la fiesta.


El caso es que en aquel ambiente, que casi se podría denominar sórdido por su impecablemente rancia elegancia, disfrutamos parte de la noche como enanos. Si a alguno de los habituales le resulto extraña nuestra presencia, nadie dijo nada ni se preocupó en deslizar miradas de desprecio o de miedo. Y compartimos su diversión como si fuera propia.

Y es que si algo me gustó del Toni2 fue precisamente que, pese a ser un local raro-raro-raro (al más puro estilo Papuchi en muchos sentidos), lleno de gente absolutamente diferente a nosotros, la atmósfera de entretenimiento sano alrededor del piano se dejaba sentir en cada una de las canciones. Las copas fueron caras, pero el ambiente resulto el perfecto para despedir la soltería de mi amigo, animando las conversaciones entre los presentes y dándole a la noche el giro freak-diferente que la ocasión merecía.


Un local para recordar y para volver alguna noche en la que no haya ningún plan ni ningún prejuicio, para charlar con los amigos y para cantar, si es que se conoce la letra, al calor del sonido del piano.